Colaboración de José Angel Lucena Gómez
Incauto, engreído. Tu entendimiento se ciega ante mi belleza.
Los jardines se habían llenado de maleza salvaje. La fuente del centro de la enorme parcela dormía repleta de hojas putrefactas y ramas que habían atascado el desagüe. Un hilo negruzco caía por el vaso hacia el suelo dejando un pobre pero profundo charco.
Cuando llegaron los dos agentes a la mansión, la cancela herrumbrosa y alta cedió al primer empellón. El Sr. López Arinde siempre había sido excéntrico y huraño. Se hacía difícil verle en el pueblo. Su rutina era tan exigente con él como él lo era con los habitantes de la aldea. Solía acercarse a la única tienda de la zona todos los martes por la mañana. Puntual e inflexible. Con su chaqueta de pana sempiterna y con los brazos balanceándose en los costados como dos pesos muertos. Esteban solía llamarlo el péndulo humano. Siempre encargaba colores de oleo con nombres que el tendero jamás había oído. Era un autentico reto mantener el semblante neutro mientras Don Andrés se quejaba de la impuntualidad de sus encargos y recitaba entornando los ojos con una cadencia profunda y sonora cada uno de los nuevos colores. Blanco albayalde, Azul Patente y purpura de Tiro. Dos tubos de cada uno y que sean para el martes. Con paciencia estoica Esteban anotaba su pedido y le entregaba los tubos de oleo del encargo anterior. No cruzaba más palabra que la queja. Y desaparecía a ritmo de Foucault abriendo con dificultad la puerta de la tienda.
Maldito diablo – soltaba con un bufido– ¿Para qué quiere tanta pintura si casi no puede mover los brazos?- Y de nuevo empezaba a colocar la fruta, el pan o las latas de fabada.
Don Andrés volvía por la senda en la que cada martes, puntualmente, hacía la única salida de casa que se le conocía. Villa Arinde. Una casona del siglo XIX que por el peso del tiempo y la falta de recursos había quedado reducida a una sombría construcción de dos plantas y un porche con columnas clásicas. Entre árboles sin podar y hiervas que a duras penas permitían el acceso a las escaleras de la puerta principal.
Roberto; el propietario de esta casa es un tipo extraño. Llevo más de tres años destinado a este pueblucho y sólo lo he visto los martes de cada semana.
Los dos guardias civiles se adentraron en la finca por un camino cubierto de malas hierbas y restos de ramas. Don Andrés hacía mucho tiempo que no conducía y su ranchera herrumbrosa yacía inerte desde hacía más de una década, a la derecha, al pie de las escaleras. El remolque era el confortable hogar de una pareja de palomas con sus crías. Pasaron junto a la fuente esquivando el hilo de agua y se pararon a contemplar el hermoso y caótico paisaje que tenían alrededor. La fronda de los árboles había creado un manto vegetal prácticamente impenetrable y en silencio, a pesar del abandono, la sensación de placidez era absoluta. Sólo el canto de los pájaros y el tintineo del agua. Un escenario natural a la luz del sol que se tornaba tenebroso en cuanto la noche se arrimaba callada.
A Lucas, le costó romper el hechizo del jardín para abordar la escalera. La puerta de la casa era de proporciones descomunales recordaban los goznes chirriantes de las iglesias y en el centro, a la altura de la mano una aldaba con una cabeza de querubín sonriente invitaba a llamar.
Llama tú Lucas a mí este sitio me pone los pelos de punta. – Roberto, a pesar de ser el más joven de los dos se alzó el pantalón por las trabillas, se colocó la chaqueta en perfecta simetría y ajustó el nudo de la corbata antes de llamar.
El querubín golpeó con timbre de antiguo bronce y el sonido se repartió en el interior de la casa multiplicando su efecto de llamada. Retumbando hasta en el último rincón. Los dos agentes se quedaron sorprendidos por el eco que se había adueñado de la construcción. Lucas le hizo un gesto a su compañero indicándole que no volviera a llamar. Esperaron con tranquilidad durante unos minutos mirando alrededor fascinados por la visión de los jardines desde la altura de las escaleras. No abría nadie.
Lucas, llama de nuevo, ya ha pasado tiempo suficiente. El guardia alzó la mano de nuevo y propino un sonoro aldabonazo que terminó callándose sordo golpeando en cada columna, rincón, estantería o cuadro hasta que cayó debilitado..
Se miraron de nuevo y al mismo tiempo alzaron la vista limitando con la mirada la altura de la puerta. Era colosal. Fueron bajando lentamente la cabeza, observando las tallas del bajo relieve de ángeles. Una representación de la sagrada familia y en la parte inferior un obra maestra, perfectamente ejecutado; el monte calvario con las tres cruces. Sobre la central asomada una llave hendida en su cerradura. Estaba en una posición incómoda, excesivamente baja. Discreta. Ambos se miraron y en un gesto que confirmaba el mutuo acuerdo decidieron girar la llave. Los goznes chirriaron tal y como se esperaba y ante ellos se abrió una magnifica escalera que subía al piso superior. El suelo estaba repleto de papeles pisados y restos de oleo. Las paredes tapizadas por una multitud de cuadros. Al frente tallado en madera se leía “hoc est, domus art”
Cuando llegaron los dos agentes a la mansión, la cancela herrumbrosa y alta cedió al primer empellón. El Sr. López Arinde siempre había sido excéntrico y huraño. Se hacía difícil verle en el pueblo. Su rutina era tan exigente con él como él lo era con los habitantes de la aldea. Solía acercarse a la única tienda de la zona todos los martes por la mañana. Puntual e inflexible. Con su chaqueta de pana sempiterna y con los brazos balanceándose en los costados como dos pesos muertos. Esteban solía llamarlo el péndulo humano. Siempre encargaba colores de oleo con nombres que el tendero jamás había oído. Era un autentico reto mantener el semblante neutro mientras Don Andrés se quejaba de la impuntualidad de sus encargos y recitaba entornando los ojos con una cadencia profunda y sonora cada uno de los nuevos colores. Blanco albayalde, Azul Patente y purpura de Tiro. Dos tubos de cada uno y que sean para el martes. Con paciencia estoica Esteban anotaba su pedido y le entregaba los tubos de oleo del encargo anterior. No cruzaba más palabra que la queja. Y desaparecía a ritmo de Foucault abriendo con dificultad la puerta de la tienda.
Maldito diablo – soltaba con un bufido– ¿Para qué quiere tanta pintura si casi no puede mover los brazos?- Y de nuevo empezaba a colocar la fruta, el pan o las latas de fabada.
Don Andrés volvía por la senda en la que cada martes, puntualmente, hacía la única salida de casa que se le conocía. Villa Arinde. Una casona del siglo XIX que por el peso del tiempo y la falta de recursos había quedado reducida a una sombría construcción de dos plantas y un porche con columnas clásicas. Entre árboles sin podar y hiervas que a duras penas permitían el acceso a las escaleras de la puerta principal.
Roberto; el propietario de esta casa es un tipo extraño. Llevo más de tres años destinado a este pueblucho y sólo lo he visto los martes de cada semana.
Los dos guardias civiles se adentraron en la finca por un camino cubierto de malas hierbas y restos de ramas. Don Andrés hacía mucho tiempo que no conducía y su ranchera herrumbrosa yacía inerte desde hacía más de una década, a la derecha, al pie de las escaleras. El remolque era el confortable hogar de una pareja de palomas con sus crías. Pasaron junto a la fuente esquivando el hilo de agua y se pararon a contemplar el hermoso y caótico paisaje que tenían alrededor. La fronda de los árboles había creado un manto vegetal prácticamente impenetrable y en silencio, a pesar del abandono, la sensación de placidez era absoluta. Sólo el canto de los pájaros y el tintineo del agua. Un escenario natural a la luz del sol que se tornaba tenebroso en cuanto la noche se arrimaba callada.
A Lucas, le costó romper el hechizo del jardín para abordar la escalera. La puerta de la casa era de proporciones descomunales recordaban los goznes chirriantes de las iglesias y en el centro, a la altura de la mano una aldaba con una cabeza de querubín sonriente invitaba a llamar.
Llama tú Lucas a mí este sitio me pone los pelos de punta. – Roberto, a pesar de ser el más joven de los dos se alzó el pantalón por las trabillas, se colocó la chaqueta en perfecta simetría y ajustó el nudo de la corbata antes de llamar.
El querubín golpeó con timbre de antiguo bronce y el sonido se repartió en el interior de la casa multiplicando su efecto de llamada. Retumbando hasta en el último rincón. Los dos agentes se quedaron sorprendidos por el eco que se había adueñado de la construcción. Lucas le hizo un gesto a su compañero indicándole que no volviera a llamar. Esperaron con tranquilidad durante unos minutos mirando alrededor fascinados por la visión de los jardines desde la altura de las escaleras. No abría nadie.
Lucas, llama de nuevo, ya ha pasado tiempo suficiente. El guardia alzó la mano de nuevo y propino un sonoro aldabonazo que terminó callándose sordo golpeando en cada columna, rincón, estantería o cuadro hasta que cayó debilitado..
Se miraron de nuevo y al mismo tiempo alzaron la vista limitando con la mirada la altura de la puerta. Era colosal. Fueron bajando lentamente la cabeza, observando las tallas del bajo relieve de ángeles. Una representación de la sagrada familia y en la parte inferior un obra maestra, perfectamente ejecutado; el monte calvario con las tres cruces. Sobre la central asomada una llave hendida en su cerradura. Estaba en una posición incómoda, excesivamente baja. Discreta. Ambos se miraron y en un gesto que confirmaba el mutuo acuerdo decidieron girar la llave. Los goznes chirriaron tal y como se esperaba y ante ellos se abrió una magnifica escalera que subía al piso superior. El suelo estaba repleto de papeles pisados y restos de oleo. Las paredes tapizadas por una multitud de cuadros. Al frente tallado en madera se leía “hoc est, domus art”
Lucas, tu tienes idea de lo que significa eso. Yo tengo el latín muy oxidado.
Yo diría esta es la casa del Arte o algo así.
Yo diría esta es la casa del Arte o algo así.
A derecha e izquierda del recibidor se abrían un salón y una pequeña sala de estar. La decoración profusa donde combinaban los cuadros y el papel pintado con la flor de lis no dejaba un hueco vacio. Cada estancia estaba custodiada en su entrada por un espejo del tamaño de un hombre. Los dos estaban rotos por impactos tanto a la altura de la cabeza como de las manos.
Roberto se acercó a observar de cerca la fracturada superficie del espejo. Se apreciaban restos de cabello y sangre entre los fragmentos e cristal e instantáneamente desenfundó su arma reglamentaria.
Roberto se acercó a observar de cerca la fracturada superficie del espejo. Se apreciaban restos de cabello y sangre entre los fragmentos e cristal e instantáneamente desenfundó su arma reglamentaria.
Lucas alzó la voz llamando a Sr. López Arinde. –Andrés, ¿se encuentra usted por ahí?. Ambos se dividieron el espacio con la mirada. Lucas organizo la distribución con un simple gesto , el revisaría la planta baja y Roberto subiría las escaleras en busca del dueño…
Roberto!!! Baja, Don Andrés está aquí. No te des prisa ya no podemos hacer nada …
En 20 minutos la científica está tomando huellas y fotos del lugar del presunto asesinato. Andrés estaba recostado en un sillón de respaldo alto y cuero antiguo. Vestía un batín a cuadros gris y rojo. Las manos llenas de magulladuras. Golpes en la frente y un cinturón apretado en el cuello dejaban poco lugar a dudas. Delante un lienzo inacabado del famoso Neptuno devorando a sus hijos que un día inmortalizo Francisco de Goya y Lucientes. La paleta repleta de pegotes de pintura de distintos colores. Tubos de óleo pisados despidiendo sus densas fuentes de color alrededor del sillón.
Parece un asesinato no Celeste?- Dijo Lucas- Un forcejeo con el pobre Andrés en el recibidor. Lo golpearon contra un espejo y otro.- Seguro que intentaban sonsacarle que tenía más valor o donde guardaba el dinero- Lo reducirían con facilidad tenía un movimiento tan limitado de los brazos que me sorprende que pudiera pintar y al final lo estrangularon con el cinturón – Hay que ser hijo puta.

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